La llegada de europeos al continente americano a finales del siglo XV ha sido narrada desde la perspectiva de los grandes conquistadores, los imperios y las gestas militares. Esta visión tradicional, épica y masculina, ha dado prioridad a los hechos políticos y bélicos, relegando a segundo plano —o directamente al olvido— a los protagonistas cotidianos, especialmente a las mujeres. Sin embargo, detrás de cada expedición, ciudad de nueva fundación, alianza diplomática o conflicto armado, hubo mujeres que participaron activamente, ya sea en primera línea o desde los márgenes, como impulsoras, mediadoras, cronistas, defensoras o víctimas. Demostraron una capacidad de agencia, cálculo y estrategia que desafío las rigideces normativas de su época.
Mujeres relegadas al olvido por una historiografía que, durante siglos, desestimó el impacto y la relevancia social del colectivo femenino
Adoptaré aquí otra mirada, haciendo un recorrido por la vida de alguna de estas mujeres, poniendo en valor la agencia, estrategia y acción femenina en la historia de este nuevo mundo. Mostrando que no fueron acompañantes pasivas o víctimas inermes de un proceso inexorable, sino actrices políticas, militares, religiosas y económicas dotadas de proyectos propios y capacidad de negociación en un entorno de extrema violencia y cambio estructural.
Una de las más conocidas poseedoras de este talento político es Malinalli (1501-1527), la Malinche (Townsend, 2015), joven de origen nahua vendida como esclava, entregada a Hernán Cortés, tras la batalla de Centla. Lejos de resignarse a la servidumbre, su mente capturó los sonidos del maya, el náhuatl y el castellano, eliminando a los intermediarios masculinos para sentarse en la mesa de las grandes decisiones. No solo traducía palabras, sino también contextos culturales y matices políticos, lo que permitió a las huestes hispanas anticiparse a emboscadas o consolidar alianzas cruciales con pueblos como los tlaxcaltecas Ella usó la palabra como una herramienta de supervivencia extrema para proteger a su estirpe en un cosmos hostil.
Ese mismo pacto de sangre y alianza lo viviría Tecuelhuetzin (1501-1537), bautizada como Doña Luisa, hija del gobernante tlaxcalteca, entregada al temperamental Pedro de Alvarado. Marchó al frente, respirando el polvo de las campañas más cruentas: sufrió el espanto de la Noche Triste, presenció la caída de Tenochtitlan y cabalgó en las conquistas de Guatemala, El Salvador y Quito. Sus hijos fueron reconocidos oficialmente integrándose en la cúspide de la nueva élite colonial.
Mientras en el norte de las Indias, las alianzas se sellaban en los campos de batalla, en el sur, tras las cumbres andinas, el colapso del Imperio del Sol obligó a las nobles incas a ser más sutiles. Quispe Sisa (1518-1575), hermana de Atahualpa, fue entregada a Francisco Pizarro como una ofrenda diplomática para fundir ambos mundos, su hija Francisca Pizarro fue la primera gran heredera mestiza de la Corona. Bajo sus ropajes de noble integrada latía la resistencia. Durante el gran asedio al Cuzco liderado por su hermano Manco Inca, filtro datos militares vitales a los rebeldes indígenas.
Cuxirimay Ocllo (ca.1518 – ca.1560), casada inicialmente con Atahualpa, convertida después en concubina de Pizarro para legitimar el nuevo orden, unió su destino más tarde al cronista Juan de Betanzos. Poseedora de los secretos de Estado reservados a la élite imperial, adiestró a su esposo en el quechua y dictó desde sus propios recuerdos las páginas de “Suma y narración de los Incas” (Betanzos, 2004). Gracias a su labor intelectual, la voz del mundo andino sobrevivió al olvido.
En las riberas del Lago de Maracaibo, Palaaira Jinnuu (ca.1480 – ca.1516), conocida en las crónicas como Isabel, la “india guaricha”, se unió al explorador Alonso de Ojeda y actuó como una brújula humana. Su voz apaciguó los ánimos encendidos de los caciques de Coquivacoa, convirtiéndose en una guía indispensable que la literatura romántica posterior intentó edulcorar como un idilio lírico, queriendo tapar con amor la crudeza de la violencia que estas mujeres tuvieron que capear con pura astucia.
La construcción del Nuevo Mundo no solo demandó la sutileza de la lengua y el pacto de alcoba; cuando las palabras flaquearon o el horizonte se tornó ingobernable, las mujeres demostraron que el acero, el timón y el decreto tampoco eran feudos exclusivamente masculinos.
Cruzando límites legales y de género, algunas mujeres empuñaron armas en las fronteras del imperio. Inés Suárez (1507-ca. 1580) viajó a América buscando a un marido ya fallecido en el Cuzco y se sumó a la expedición de Pedro de Valdivia a Chile, con la autorización formal de sirvienta. Tras hallar agua en el desierto de Atacama, vivió su bautismo de fuego en Santiago del Nuevo Extremo: con Valdivia ausente y la ciudad sitiada por el líder mapuche Michimalonco, asumió el mando militar, ordenó y ejecutó la decapitación de siete caciques rehenes y arrojó sus cabezas al enemigo, sembrando el terror y salvando la colonia. Pese a los intentos de la Corona por someterla a la “vida maridable”, conservó su influencia socioeconómica hasta el final.
Esa misma determinación se trasladó de la tierra firme al océano. Isabel Barreto (1567-1612), noble limeña, invirtió su propia dote en una expedición hacia las islas Salomón junto a su esposo, el adelantado Álvaro de Mendaña. Al morir este por la peste en pleno Pacífico, Isabel se ciñó el sable y asumió los títulos de gobernadora y almirante, convirtiéndose en la primera mujer en capitanear una expedición naval en la historia. Con un mandato de acero, racionando los víveres al gramo y sofocando los motines del piloto Fernández de Quirós, guio los barcos con éxito hasta Manila (Maura 2005).
Catalina de Erauso (ca. 1590-1650), la “Monja Alférez”, rompió su identidad con quince años, al huir de la clausura, cortarse el cabello y adoptar ropa masculina bajo el nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán para viajar a las Indias. Como temeraria soldado en la Guerra de Arauco, alcanzó galones militares. Al revelarse su secreto, causó revuelo internacional, pero el rey Felipe IV le mantuvo su pensión y el papa Urbano VIII le otorgo una dispensa sagrada para seguir vistiendo de hombre, consagrando el travestismo como una estrategia extrema de libertad.
Tras esta primera etapa de crudeza y supervivencia extrema, hubo mujeres que participaron en la construcción de estructuras sociales, educativas y económicas, buscando un orden más justo y humano en medio del caos fundacional.
Catalina de Bustamante (ca. 1490-1545), considerada la primera maestra de América, defendió la dignidad indígena al frente del colegio de niñas de Texcoco. Fundo el Primer Colegio para Niñas Indígenas, más allá de la enseñanza, actuó como firme escudo legal frente a los abusos coloniales. Denunció ante la Corona española la violencia contra sus alumnas, logró reformas institucionales y la destitución de autoridades corruptas, convirtiendo la educación en una trinchera por la justicia social (Maura, 2005).
María de Escobar (ca. 1520 – ca. 1576) lideró una transformación económica y agrícola clave en el Perú colonial. Al introducir y aclimatar los primeros granos de trigo y cebada en tierras incaicas, desarrolló una estrategia de ingeniería económica: multiplicó y repartió las semillas entre colonos e indígenas, impulsando la autosuficiencia alimentaria y sentando las bases de la industria agrícola y panadera andina, demostrando que la verdadera conquista se lograba sembrando vida y no destruyéndola.
El análisis de estas vidas rompe la narrativa exclusivamente masculina del “Encuentro de Dos Mundos”, demostrando que las mujeres —incas, tlaxcaltecas o castellanas— no fueron espectadoras mudas. Estas historias aquí contadas son un tributo a la multitud anónima de mujeres que sostuvieron la vida cotidiana: costureras, cocineras, madres de la primera generación mestiza, así como mujeres indígenas y africanas que resistieron en el anonimato protegiendo los saberes y la memoria de sus ancestros.
Reivindicar su recuerdo no es un ejercicio de nostalgia o de justicia poética tardía; es una necesidad ética e historiográfica. Porque la historia de América no se escribió únicamente con los trazos gruesos de las espadas de los conquistadores; se tejió, de forma invisible pero indestructible, por las manos de las mujeres que compartieron ese tiempo con ellos.
Destaco los textos de la época más relevantes para profundizar en el tema:
- Betanzos, Juan de. 2004. Suma y narración de los Incas. Editado por María del Carmen Martín Rubio. Madrid: Ediciones Polifemo.
- Vega, Garcilaso de la (Inca). 2001. Comentarios reales de los incas. Editado por Enrique Pupo-Walker . Madrid: Catedra.
- Casas, Bartolomé de las. 2014. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Editado por Trinidad Barrera. Madrid: Alianza Editorial.
Historiografía contemporánea:
- Townsend, Camilla. 2015. Malintzin: Una mujer indígena en la conquista de México. México: Ediciones Era.
- Maura, Juan Francisco. 2005. Españolas de ultramar en la historia y en la literatura. Valencia: Editorial Universitat de València.
- Almorza Hidalgo, Amelia. 2018. “No se hace pueblo sin ellas”. Mujeres españolas en el virreinato del Perú: emigración y movilidad social (siglos XVI-XVII). Sevilla: Editorial Universidad de Sevilla (Colección Americana, n.º 67).
Estos estudios históricos más inclusivos enriquecen nuestro pensamiento crítico, permitiéndonos comprender y abordar con mayor perspectiva y sensibilidad problemas transversales a todas las épocas, como la migración familiar o las dinámicas matrimoniales.


