Hay una famosa máxima que dice nothing ever happens que, traducida al español, diría algo como «nunca sucede que no suceda nada». Esta afirmación conecta con una realidad que a menudo pasa desapercibida: todo comunica, desde lo que decimos hasta lo que callamos.
Dentro de los múltiples elementos comunicativos que se encuentran a nuestra disposición encontramos el silencio, un signo no verbal al que recurrimos constantemente con fines muy diversos. Así, consideramos silencio comunicativo a aquella ausencia de habla de entre 1 y 3.5 segundos de duración que se utiliza con el fin de comunicar (Méndez Guerrero, 2024).
Lamentablemente este elemento ha sido poco estudiado en la lingüística, puesto que se consideraba difícil de analizar. Sin embargo, poco a poco ha ido ganando peso en las nuevas investigaciones, que tratan de explorar cuáles son sus características, cuáles son las funciones que desempeña, etc.
Si nos acercamos al panorama de la investigación en lingüística del español, encontramos que existe un cierto vacío teórico en lo que respecta a la investigación sobre el silencio. Destaca ante todo la valiosa aportación realizada por Beatriz Méndez Guerrero y plasmada en su tesis doctoral: Los actos silenciosos en la conversación en español: Estudio pragmático y sociolingüístico (2014). En su investigación analizó el uso del silencio en conversaciones coloquiales entre jóvenes españoles.
De los múltiples datos obtenidos, la autora extrajo una serie de tipos y funciones asociados a los silencios en español: en primer lugar, los silencios discursivos, que son aquellos que ponen de manifiesto el propósito discursivo del hablante (para marcar acuerdo, para enfatizar, etc.); en segundo lugar, encontramos los silencios estructuradores del discurso, que son aquellos que responden a las normas que rigen en una conversación (son aquellos que dinamizan la conversación, que marcan cambio de tema, etc.); en tercer lugar, encontramos los silencios epistémicos y psicológicos, que reflejan una carga emocional, cognitiva y psicológica de lo dicho (estos indican desde reflexión hasta la ambición de transgredir o desafiar); finalmente, encontramos los silencios normativos, que son aquellos que derivan de convenciones sociales, culturales o situacionales.
Además, la autora diseñó una rúbrica detallada que permite al investigador asociar de manera intuitiva cuál es la función que desempeña el silencio en cada situación en la que aparece.
El trabajo de Méndez Guerrero (2014) demuestra que el silencio tiene un gran potencial en el español en contextos de conversación coloquial. Entonces, cabría preguntarse: ¿Cómo operará en contextos más formales como el discurso político?
En mi Trabajo Fin de Grado he apostado por analizar el uso de este interesante elemento comunicativo en un contexto formal mediante el estudio de las intervenciones en el Congreso de los Diputados de España de cinco oradores, todos ellos miembros de partidos políticos de la oposición: Santiago Abascal Conde (Vox), Alberto Núñez Feijóo (PP), Juan Gabriel Rufián Romero (ERC), Mª Concepción Gamarra Ruiz-Clavijo (PP), Mª José Rodríguez de Millán Parro (Vox). Esta investigación toma como base teórica las aportaciones realizadas por Méndez Guerrero en su tesis doctoral, de esta manera podemos establecer una especie de comparación entre cómo se desenvuelve este signo comunicativo en el contexto de la conversación coloquial frente a cómo actúa en el contexto del discurso formal.
Antes de comenzar con la investigación, primero debíamos conocer bien cómo funciona este contexto comunicativo tan concreto y especial. Así, las descripciones de este espacio realizadas por Catalina Fuentes Rodríguez en sus estudios han sido un gran apoyo para comprender bajo qué códigos se desarrollan las intervenciones de los parlamentarios. Una de las claves es que se trata de una situación interactiva basada en el enfrentamiento, donde la imposición y el conflicto constituyen la norma (Fuentes Rodríguez, 2010). En el discurso político, la palabra es el medio para enfrentar sus fuerzas. Así, a través del diseño meditado de sus discursos (tanto en su faceta verbal como en la no verbal), tratan de mostrar fortaleza como políticos, e imponer su idea frente a la del otro.
Tras el análisis de 866 silencios y 5 horas y 48 minutos de intervenciones fueron muchas las conclusiones extraídas, pero en este escrito en concreto nos gustaría poner el foco en el componente de género y las características del contexto.
Méndez Guerrero (2014), en su estudio, detectó que las mujeres no solo recurrimos menos al silencio, sino que además este suele ser más breve. Este fenómeno se ha asociado a que las mujeres adoptamos una postura conciliadora en las conversaciones, buscando evitar la incomodidad o el conflicto que puede causar un signo como el silencio, principalmente
por su carácter ambiguo. Precisamente, en línea con la actitud que adoptan las mujeres, la autora detectó que estas presentan habitualmente silencios epistémicos y psicológicos (aquellos que reflejan estados emocionales), excluyendo dentro de esta tipología aquellos que se utilizan con el fin de desafiar o transgredir, puesto que estos generarían una situación de tensión que las mujeres evitan de manera constante en sus actitudes como hablantes.
Ahora, trasladando toda esta valiosa información a los datos extraídos de nuestra investigación sobre el discurso político detectamos que, efectivamente, las mujeres presentan menos silencios por minuto que los hombres (véase en la Ilustración 1)
Además, encontramos la misma situación que la autora: los silencios de las mujeres son más breves. La diferencia no es exagerada, pero sí se debe tener en cuenta (véase en la Ilustración 2)
También hemos encontrado que todos los oradores hombres recurren en menor o mayor medida a los silencios transgresores y que, sin embargo, las mujeres prácticamente no se sirven de ellos (véase en la Ilustración 3)
Estos datos parecen conducirnos a la idea de que, efectivamente, las mujeres en el contexto del discurso político adoptan una postura conciliadora, que evita la incomodidad y el desafío, de la misma manera que lo hacen en contextos coloquiales. Sin embargo, hay un punto en el que nuestro trabajo difiere de la propuesta de Méndez Guerrero, y es que las mujeres en nuestra investigación presentan muy pocos silencios epistémicos y psicológicos (véase en la Ilustración 4).
En muchas ocasiones, se ha propuesto que la mujer en el entorno de la política recurre a la emotividad y a la atenuación. Sin embargo, en lo que respecta a la presencia de silencios que reflejan emocionalidad, nuestro trabajo difiere de esta afirmación. Fuentes Rodríguez, en su obra Mujer, discurso y parlamento (2018) cuestiona esta premisa y aclara que, ya sea mujer u hombre, el objetivo de su intervención como parlamentario es el mismo: proyectar una identidad firme y favorecer la imagen propia.
Sin duda, a grandes rasgos, los datos en lo relativo al género concuerdan con lo detectado por Méndez Guerrero en su análisis del español coloquial, teniendo en cuenta como excepción que las mujeres en la política tratan de proyectar una identidad firme lejos de la emocionalidad. Pero, aun así, las mujeres en la política evitan el silencio, evitan el desafío y la ambigüedad.
Esta postura atenuada de las oradoras podría asociarse a múltiples motivos sociales, culturales o educativos que no abordaremos en este texto. Nuestra aportación es clara: las parlamentarias muestran posturas atenuadas o minimizadas en su uso del silencio en comparación con los hombres.
Sería realmente interesante continuar esta investigación teniendo en cuenta el género como variable de peso. Tal vez tomando una muestra más grande, analizando más intervenciones y teniendo en cuenta otros componentes no verbales como la gestualidad; de esta manera, creo que podríamos llegar a importantes conclusiones.

