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La sociedad no tiene monstruos, la sociedad es el monstruo: un pequeño recorrido por el nuevo terror latinoamericano

por | Jun 16, 2026 | Literatura

CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO

Pérez González, I. (2026, 16 de junio). La sociedad no tiene monstruos, la sociedad es el monstruo: un pequeño recorrido por el nuevo terror latinoamericano. VIRTUAM. https://virtuam.net/2026/06/16/la-sociedad-no-tiene-monstruos-la-sociedad-es-el-monstruo-un-pequeno-recorrido-por-el-nuevo-terror-latinoamericano/

La sociedad no tiene monstruos, la sociedad es el monstruo

Aunque eso no es del todo cierto. La sociedad está plagada de pequeños monstruos, fáciles de identificar, que impiden que vislumbremos claramente su monstruosidad. Las escritoras y escritores de terror latinoamericano se han esforzado, en los últimos años, en demostrarnos que el verdadero horror se encuentra en la más pura realidad, no en la ficción, y su construcción de lo monstruoso siempre parte de características que podemos encontrar en la vida real. Para Aira (1993), la principal era la singularidad (p. 60); la otredad extrema, eso es lo monstruoso. Lo irreconocible o lo terriblemente reconocible.

Pero, a partir de esta idea, ¿cómo se está construyendo una nueva forma de terror? En su “Manifiesto del terror latinoamericano”, Kolkrabe (2022) explica que la propia realidad de Latinoamérica “cumple con las características básicas del género” (p. 1): hay tensión tanto en el ambiente como en la narración y, lo más importante, hay un monstruo que es temido por el resto de personajes. Este no es otro que el “monstruo humano” (p. 1). Además, muchas investigaciones (Alonso Mira (2022); Brescia (2020); Gaeta (2022); Valtierra Vargas (2023)) conectan a los autores de esta corriente con lo fantástico. Desde luego, no se puede negar que hay rasgos insólitos y siniestros en sus historias: mitos, naturaleza viva y personajes estrafalarios son el día a día de estas obras.

Dentro de Latinoamérica, destaca Argentina por la gran cantidad de escritoras de excelente calidad que ha surgido en el siglo XXI (Brescia, 2020, p. 140). Entre ellas, inscritas en la literatura de terror, encontramos a Samanta Schweblin y Mariana Enríquez, probablemente las figuras más importantes del género actualmente. Se une a ellas, desde Ecuador, Mónica Ojeda. Estas tres escritoras serán nuestra base para entender y adentrarnos en el nuevo terror latinoamericano; veamos algunas características que tienen en común.

Siempre habrá pequeños monstruos, fáciles de identificar porque son diferentes

Mariana Enríquez nos los muestra a través de los rasgos físicos en Las cosas que perdimos en el fuego (2016) —todos los relatos que comentaremos de esta autora pertenecen a este libro—, en el cuento homónimo, donde las mujeres se queman vivas, como en otros tiempos hizo la Inquisición con las brujas, para dejar de resultarles atractivas a los hombres y poder deshacerse de ellos y del miedo a ser abusadas. Detrás de sus cuerpos ardientes se esconde el verdadero monstruo, el monstruo invisible: la violencia de género y la lucha de la mujer contra la represión masculina.

La escritora repite la misma estrategia con Carla, la hermana del protagonista de Cómo desaparecer completamente (2004), cuya cara quedó totalmente deformada tras un intento de suicidio fallido. Pero, en esta ocasión, utiliza también un segundo método, pues, como propone Méndez (2015), también es Matías, el hermano, un monstruo construido desde esa singularidad por haber sido violado por su padre en su infancia. Necesitará huir de su barrio, “una cárcel” (Enríquez, 2025, p. 15), el gran monstruo de la obra, para “desaparecer completamente” y dejar de formar parte de lo monstruoso.

En el primer cuento de El buen mal (2025), de Samanta Schweblin, “Bienvenida a la comunidad”, también contamos con un suicidio que sale mal; pero, en este caso, como ocurre con Matías, no es el aspecto físico lo que coloca a la protagonista en la otredad, sino el propio hecho. La comunidad (ese “los otros”) a la que pertenece ahora es la de lo monstruoso. Para sobrevivir, necesitará pagar por intentar suicidarse con una culpa constante: aquí está nuestro monstruo escondido.

La enfermedad y la discapacidad también señalan: una lucha inesperada en el género

Efectivamente, la enfermedad y la discapacidad son también estrategias para trazar la otredad. Amanda, la protagonista de Distancia de rescate (2014), de la misma autora, forma parte de un grupo de monstruos: personas aquejadas por diversos síntomas extraños derivados del monocultivo de soja en los campos de Argentina. En esta novela corta, no solo el monstruo es invisible, sino que la propia Amanda sufre ceguera desde que cayó enferma.

Pero la ceguera no es el único impedimento que enmarca a personajes en lo monstruoso. En el cuento “Slasher” de Las voladoras (2020) de Mónica Ojeda —al igual que con Enríquez, todos los relatos que mencionaré de esta autora pertenecen a este libro—, Paula, considerada una bruja por sus compañeros de clase, es sordomuda, lo que le impide, en palabras de su gemela Bárbara, sentir y entender el dolor. Por último, en “Sangre coagulada” escuchamos la voz de una chica con discapacidad intelectual que también es acusada de bruja, esta vez por los habitantes del pueblo cerca de su casa.

Probablemente estarás pensando que el hecho de que estos personajes se inscriban en lo monstruoso es una señal de discriminación, y llevas razón: Schweblin y Ojeda denuncian con su narrativa estos prejuicios sociales y les permiten a las víctimas contar sus historias. Esta es una de las grandes diferencias, según Gasel (2020), entre el siglo pasado y el actual (p. 192).

Las escritoras aprenden a pintar cuadros costumbristas

Nuestras tres autoras también muestran una gran dedicación a representar en sus obras la cotidianeidad de la sociedad argentina y ecuatoriana, respectivamente. Ojeda (2020) explica en sus agradecimientos de Las voladoras que el libro se trata de un “embelesamiento por los paisajes y mitos andinos”, una “búsqueda de ampliar mi geografía sentimental de los manglares hasta los volcanes” (p. 83). En sus cuentos aparecen cabezas voladoras, indígenas y cóndores, brochazos de la cultura ecuatoriana que enriquecen y construyen los relatos.

Por su parte, Enríquez hace una descripción terrorífica (como no podía ser de otra manera) del conurbano de Buenos Aires en Cómo desaparecer completamente y en el cuento “Bajo el agua negra”, ambas obras que denuncian su violencia y corrupción. Schweblin atiende a su vez a problemas propios de Argentina, como es el monocultivo de soja, en Distancia de rescate, donde los químicos hacen enfermar a una madre y su hija, que disfrutaban de unas vacaciones en el campo.

Prepárate para un malestar que carcome desde dentro

Violaciones, abortos, degollaciones, padres que juegan al fútbol con las cabezas arrancadas de sus hijas…: si tu objetivo es relajarte en la comodidad de tu casa un rato, estos libros no son tu mejor opción. Ojeda es profesional en sangre y naturaleza; Schweblin, en la culpa y la tensión; Enríquez, en la relación entre individuo y sociedad, y las tres, en hacerte querer apartar la mirada de la página, pero, a la vez, en obligarte a seguir leyendo.El tipo de terror que se escribe en esta corriente depende totalmente del lector, pues el horror de las obras surge de lo que no se dice o lo que se dice a medias. Así lo ilustra Kolkrabe (2022) con un ejemplo perfecto:

Una niña está sola con su tío. Lo dejaron a cargo suyo y se puso a beber mientras veía la televisión. Ella juega en su cuarto. El tío va, le pide que lo invite a jugar y se sienta a su lado. Ella tiene seis años; él, treinta y ocho. El hombre ve a la niña. Ve sus ojos, su boca, su cuello, sus manos. Bebe cerveza y le sonríe. (p. 2)

A cualquiera que lea este párrafo le habrá recorrido un escalofrío. Esto es, sigue Kolkrabe, por la “consciencia colectiva” que nos permite completar la narración, aunque, en realidad, no haya pasado nada (p. 2).

Mucha de esta literatura es incómoda, es desagradable. No puede ser de otra manera cuando Ojeda narra una escena incestuosa entre dos hermanas en “Terremoto” y deja que la voz de una niña nos cuente que “se le hincha la tripa” en “Sangre coagulada”, o cuando Enríquez describe cómo una adolescente se arranca las uñas de las manos en “Fin de curso” y relata el asesinato de un nazi a golpes en Cómo desaparecer completamente. Sin embargo, es justamente de este malestar interno de donde nace la potencia sociopolítica de las obras, ya que esta literatura, concluye el autor del manifiesto, “permite que hablemos sobre el tabú para que se pueda hacer algo al respecto. El terror libera” (Kolkrabe, 2022, p. 3).

Si esto no te ha quitado las ganas de abrir el libro, ¡adelante!

Después de este vistazo a la corriente, tienes todo lo necesario para adentrarte en alguno de los libros que hemos recorrido. Lo más importante del género es recordar que, aunque su literatura es desagradable, terrorífica y violenta, también aboga por desmontar prejuicios sociales y es combativa, una llamada a la acción para mejorar la alarmante situación latinoamericana; una dura prueba de que, mientras estos libros continúen atándonos el estómago, todavía queda mucho por hacer. Como bien dijo Leila Guerriero (2025), “no son historias de fantasmas. Son algo mucho peor y mucho mejor: son historias de seres humanos” (citado en Schweblin, 2025).

 

 

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