Desde que era pequeño me interesaron los cuentos y las historias de lugares lejanos o idílicos, lugares dónde la magia existía y los personajes encarnaban roles y valores debido a sus contextos e historia. A medida que fui creciendo me di cuenta de que las personas de la vida real no distaban tanto de aquellos personajes novelescos; es cierto, la magia no existe, pero sí vivimos tramas, desengaños, logros, aprendizajes y situaciones que nos hacen sentir como a personajes de ficción. Quizá no vivamos en un mundo mágico, pero nuestra forma de vida sí consiste en fuerzas, conexiones, categorizaciones, normas y bienes que muchas veces son invisibles a nuestros ojos. Fueron estas dinámicas las que me empezaron a interesar en el instituto, lleno de chavales y chavalas de lugares tan distantes como Rumanía o Bolivia, con formas de vestir, hablar o comportarse radicalmente distintas.
Esa diversidad y la gestión que hacía mi instituto de ella fueron el cebo que mi curiosidad picó. ¿Por qué en la clase A se encontraban únicamente estudiantes españoles, mientras que en el B y el C había mayoritariamente estudiantes que habían nacido fuera de España?¿por qué se implementó un código de vestimenta que obligaba a las chicas a vestir prendas que les cubrieran las rodillas pero a los chicos no?¿Por qué parte del profesorado se comportaba de una forma con los chicos, de otra con las chicas y de otra con aquellas personas que estaban repitiendo curso? Parecía que la asignatura con alguna respuesta o pista que abordara estas inquietudes era la de filosofía, aunque pareciese que aquellas que nos servirían en el futuro eran matemáticas, lengua o biología.
Continué estudiando ciencias hasta que en una optativa de Bachillerato tuve de profesora a una filósofa que nos motivaba a pensar más allá de lo que el resto de asignaturas nos permitían. En este punto yo ya había investigado por mi cuenta sobre cuestiones sociales y políticas que me interesaban, como qué significaban la derecha y la izquierda, el racismo o el patriarcado. Fue en esta asignatura en la que me dí cuenta de que lo que me interesaba de verdad estudiar no eran las leyes que hacen funcionar físicamente el mundo, sino aquellas que no pueden ser explicadas con símbolos matemáticos, las que articulan nuestras interacciones sociales y en base a las cuales actuamos.
Al aprobar el Bachillerato tuve que mirar los grados para ver qué estudios quería hacer a continuación. En ese momento recuerdo ver que había un grado en algo llamado Antropología, con asignaturas que trataban sobre temas filosóficos, tales como epistemología o ética, pero también sobre temas más sociales como antropología urbana o racismo y discriminación, con la nota de corte mínima, un 5. Decidí matricularme con la intención de convalidar algunas asignaturas de Filosofía y luego hacer un cambio de estudios. Para mi sorpresa, al terminar el primer cuatrimestre habíamos visto cuestiones éticas desde una perspectiva quizá no tan abstracta pero sí muy centrada en la comparación y articulación de lo social y lo cultural. Por otra parte, vimos bastante historia del mundo contemporáneo, que nos permitió tener una visión sobre las relaciones entre los diferentes países del mundo y su papel en la geopolítica durante el siglo pasado, permitiéndonos empezar a comprender cómo funciona el mundo globalizado a día de hoy.
Sin embargo, la antropología social no se limita al estudio del mundo social desde un aula o una biblioteca, se acerca a este desde el contacto humano. Es la etnografía la herramienta metodológica clásica de la disciplina, que consiste en visitar y habitar un espacio con un grupo de personas durante un tiempo prolongado, conociendo y aprendiendo sus cosmologías y formas de vivir el modo en el que clásicamente se ha ejercido este trabajo. Acercarse a otras personas de esta manera implica varias cosas.
La principal capacidad que debe tener una persona que se encuentre haciendo trabajo de campo es la empatía: con el fin de hacer una investigación que ponga a las personas en el centro y realizar el trabajo de forma ética, los y las antropólogas deben tratar siempre con empatía, dejando de lado los prejuicios y las prenociones que se puedan tener sobre el grupo con el que se está trabajando. Gracias a esta forma de actuar, se pasa por un proceso al que nos referimos como “extrañamiento”. Este consiste en “hacer propio lo ajeno y ajeno lo propio”, es decir, ir experimentando como cotidiano y propio lo que te enseñan y ves en el grupo de “extraños” y de forma paralela hacer de las propias costumbres y formas de vivir algo “foráneo”. Es por esto que es también una disciplina que requiere de una cierta sensibilidad hacia la diversidad humana y todo tipo de realidades sociales.
Es por tanto, una formación para aquellas personas que tienen vocación de ayudar y comprender realidades difíciles y conflictivas o tratar con grupos en situaciones vulnerables. De igual forma aquellas personas con sensibilidad por la desigualdad o por las injusticias pueden encontrar en estos estudios explicaciones que les ayuden a comprender estas situaciones, y salidas laborales que les permitan tratarlas y paliarlas.
De forma simultánea, durante estos estudios se vive un viaje de cuestionamiento personal y colectivo en el que se ponen en jaque nociones como la normalidad y lo común. Se aprende a considerar que las categorías bajo las que miramos el mundo, pueden no ser algo natural y colectivo, sino construído y geográficamente delimitado y que todo conocimiento aprendido se ve articulado por una gran variedad de normas y constructos sociales que varían en función de la cultura dónde sean adquiridos. Es mediante este aprendizaje como también descubres entonces que valores y costumbres que podías considerar opuestos o incluso “malos”, son solo el producto de otro contexto sociocultural, abriendo la puerta al cuestionamiento de todas ellas.
Qué voy a decir… es un camino maravilloso, lleno de incertidumbres y búsqueda de verdades, en el que aprendes cosas que esperabas encontrar, como la historia y la diversidad cultural, pero en el que también encuentras motivos por los que acercarte a personas o situaciones que antes no te hubieras inclinado a observar, descubriendo que lo desconocido puede no ser tan ajeno o diferente de nuestro propio mundo y nuestras propias particularidades.
Asignatura: Prácticas

