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¿Chikaba o Sor Teresa Juliana de Santo Domingo? La doble identidad de la primera monja afrohispana

por | May 18, 2026 | Historia

CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO

Acebes González, Yaiza (2026, 18 de mayo). ¿Chikaba o Sor Teresa Juliana de Santo Domingo? La doble identidad de la primera monja afrohispana. VIRTUAM. https://virtuam.net/2026/05/18/chikaba-o-sor-teresa-juliana-de-santo-domingo-la-doble-identidad-de-la-primera-monja-afrohispana/

Este artículo cuenta la historia de Sor Teresa Chikaba (1676-1748), la primera monja negra en España y conocida por todos los milagros que se le asocian, incluso tras su muerte. Sin embargo, su historia es mucho más que una sucesión de hechos prodigiosos: es el reflejo de una vida atravesada por la esclavitud, el género y la cultura colonial, pues fue una mujer que, siendo arrancada de su tierra, llegó a convertirse en un ejemplo de devoción y resiliencia. Este trabajo invita a reflexionar sobre la importancia de reconocer quién escribe la Historia, recordando así la necesidad de recuperar voces silenciadas por los relatos dominantes.

Sor Teresa Juliana de Santo Domingo, o Chikaba, su nombre original, fue una esclava de Costa del Oro traída a Salamanca, donde, tras años sirviendo a los marqueses de Mancera, ingresó en un convento de clausura, convirtiéndose no solo en la primera monja negra en España, sino en la primera escritora afro hispana, además de estar en proceso de beatificación tanto por la atribución de sus milagrosas capacidades curativas en vida, como por los milagros realizados tras su perecimiento.

De niña a esclava, de esclava a monja

Chikaba nació en La Costa del Oro, actual Ghana, tierra colonizada por portugueses, y formó parte de los más de 600.000 nativos exportados por europeos entre 1675 y 1700 (Melián, 2012, p. 567). Solo conocemos su infancia a través de su hagiografía y de un relato, con múltiples sesgos culturales, racistas y sexistas propios de la época. La primera, fue escrita cuatro años después de su fallecimiento por Juan Carlos Paniagua, entonces rector de la Orden de Clérigos Regulares Teatinos. El relato, publicado en 1714, lo escribió el misionero francés Godefroy Loyer, que viajó al África Occidental (Terracina, 1765; Melián, 2012, p. 568). Este último apunta que Chikaba nació en Ifsini, un pequeño pueblo marítimo donde las niñas eran libres hasta los ocho o nueve años, y ya en edad de emparejarse, «buscaban agradar a los blancos» (Melián, 2012, p. 570) mediante actitudes «altivas y coquetas», o fingiendo sangre real ante los tratantes para recibir mayor estatus entre los esclavos y ser consideradas «más valiosa». Este fue el caso de Chikaba (Melián, 2012, pp. 569-570). Por otro lado, su hagiógrafo describe «tempranas gracias místicas», además de que «solo en buscar al Autor de su fe y naturaleza ponía esta su conato» (Paniagua, 1752, p. 33; Benoist, 2015, p. 150).

Siendo considerada de sangre real, y buena cristiana, Chikaba, a sus diez años, no tardó en tener unos primeros compradores en Sevilla, ni en ser regalada a Carlos II (1661-1700). Entregar como obsequio una buena esclava podía suponer obtener el favor del rey. Este, seguidamente, se la entregó a los Marqueses de Mancera. Durante su estancia en México, acogieron a Juana Inés de la Cruz desde sus dieciséis a sus veinte años, mostrando gran admiración ante su elocuencia. Con la segunda mujer del marqués, Juliana Teresa Portocarrero Meneses, su relación con Chikaba fue similar, pero con matices y contradicciones: Chikaba era uno de los muchos niños cautivos educados para el servicio doméstico en casas ricas. En concreto, los esclavos negros eran los preferidos para estar labor, pues, al provenir de creencias animistas, se les consideraba más fáciles de catequizar (Ferrús Antón, 2008, p. 184). Por ello, es posible que Chikaba aprendiese a leer y escribir por los marqueses, deduciéndose un trato de cercanía y cariño. Sin embargo, menciona la hagiografía que, ante la mínima protesta de otros siervos de los marqueses, estos se privaban de la cercanía de Chikaba, pasando a tratarla como una criada más (Melián, 2012, p. 572).

El marqués solía pedir consejo a los eclesiásticos sobre la «naturaleza última de las habilidades de sus adoptadas», por lo que convocó un «comité de evaluación»: lo que, para Juana Inés de la Cruz, la primera adoptada en 1664, fue un comité de excelencia llevado a cabo por intelectuales, para Chikaba fue un examen inquisitorial llevado a cabo por eclesiásticos. Tras dictaminar que «es de Dios el espíritu», Chikaba decide entregar su vida a la clausura a la edad de veintisiete años. Si bien la entrada de esclavas negras en los conventos era habitual, ingresaban como una propiedad cedida a la iglesia, y no como una hermana más. Chikaba pudo tomar el hábito por la gran dote que pagó la marquesa, a modo de que se aceptase tal cambio de estatus en una mujer negra, pasando de esclava a liberta. Finalmente, Chikaba ingresó como monja en el Convento de la Magdalena o de la Penitencia, en Salamanca. (Melián, 2012, p. 573).

Milagros, ascetismo e identificación en la negritud

Aun siendo aceptada como novicia, la hagiografía cuenta que fue privada de los privilegios básicos de esa posición, ejerciendo fácticamente de esclava para las hermanas, realizando las tareas rechazadas por las demás, como cuidar de enfermas infecciosas y, tal como se las denominaba en aquella época, de «desquiciadas». Destaca una mujer a la que tuvo que cuidar durante veinte años y que «le producía profundo miedo», hasta el punto de pedir que la exclaustraran como monja (Melián, 2012, p. 575-576).

Por otro lado, resulta interesante cómo la hagiografía describe a la «enloquecida» para analizar la concepción de locura de la época: su trastorno es fruto de ingerir una manzana envenenada (una reescritura del pecado original). También se la critica por mascar tabaco o expresarse sin recato, un comportamiento habitualmente masculino en la época (Ferrús Antón, 2008, p. 190).

Aunque la hagiografía atribuye a Chikaba características de santa desde su infancia, a partir de su estancia en el convento se convierten en frecuentes sus poderes curativos. Destaca la imposición de manos (Melián, 2012, p. 576), elemento muy presente en la Biblia. En el antiguo testamento, era una purificación transmitida al receptor mientras el otro se convierte en chivo expiatorio (Santarelli, 2020, pp. 8-9); en el evangelio de San Lucas, se menciona que el primer médico de la humanidad también era sacerdote, y que, entendiendo la enfermedad del cuerpo como una del alma, se asume que no hay nadie más capacitado para esta labor que un «hijo de Dios» (Cortejoso, 1968). Otros milagros curativos que se le atribuyen son, por ejemplo, el uso de saliva para curar llagas y absorber lo enfermo del prójimo (Ferrús Antón, 2008, p. 191). Resulta difícil saber si estas podían ser prácticas propias de su pueblo originario, o si forman parte de un aprendizaje fruto de su temprana cristianización, sin entrar en la cuestión religiosa.

Por la misma razón, su comportamiento en el convento podría ser atribuible a su religiosidad o bien a su situación social. Sor Teresa Juliana, sobrelleva la humillación que sufre en su convento mediante los cánones del misticismo propio de los siglos XVII-XVIII (Sánchez Lora, 2005; Melián, 2012, p. 575), además de un ascetismo extremo, a juzgar por sus visiones, premoniciones, uniones místicas con Jesús y unas dolencias corporales permanentes. (Melián, 2012, p. 575). Pese al rechazo de sus hermanas en el convento, estas declaran sus milagros tras su muerte. Paniagua narra que, cuando fallece en 1748, las dominicas del convento no solo sienten una fragancia aromática que emana del cuerpo de Chikaba, como muchos cuerpos de los santos al perecer, sino que su tez se vuelve blanca; suceso explicable, puesto que el rostro se considera «el punto de unión entre la vida del santo en la tierra y su vida celestial después de morir» (Redondo, 1990, p. 213; Benoist, 2015, p. 152). Es difícil no considerar que la hagiografía blanquea su cuerpo al santificarse.

Sus restos fueron sepultados en el Convento de la Magdalena, posteriormente trasladados al convento de Santa María de Dueñas, donde aún descansan. Paniagua expone que, en su lecho de muerte, Chikaba se arrepiente: «con verdad que bien quisiera salir de este destierro y pasar a la amada patria a descansar» (Paniagua, 1752, p. 118; Melián, 2012, p. 579). Si bien se refiere a la patria celestial, nunca sabremos si pensaba en aquella Costa del Oro donde nació.

Las identidades de una mujer de la costa del oro en la edad moderna

Es inevitable no relacionar todos aquellos milagros y sacrificios como salida a su condición de mujer negra esclava. Por otra parte, resulta difícil conocer la vida de Chikaba desde su propia perspectiva por dos motivos: Paniagua escribe su hagiografía principalmente en base a testimonios, siendo los escritos autobiográficos de Chikaba escasos (Ferrús Antón, 2008). Además, el escritor debía de caminar entre no desafiar las jerarquías raciales de la época, y la ejemplaridad de una mujer negra. (Benoist, 2015). En segundo lugar, su condición de mujer negra le hace vivir en una doble identidad, entre Chikaba y Sor Teresa Juliana de Santo Domingo, alimentada por un proceso de internalización de la cultura colonial (Fanón, 1991, citado en Benoist, 2015, p. 154), pues intenta de sobrevivir y perdurar en una sociedad que tratará de excluirle y recordarle que siempre será «la negrita de la penitencia».

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