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Más allá del empleo: por qué necesitamos filosofía en la era de la IA

por | May 14, 2026 | Sociología

CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO

Cañete Villarreal, Alicia (2026, 14 de mayo). Más allá del empleo: por qué necesitamos filosofía en la era de la IA. VIRTUAM. https://virtuam.net/2026/05/14/mas-alla-del-empleo-por-que-necesitamos-filosofia-en-la-era-de-la-ia/

“Pues si a mí me dieran una renta universal y un robot hiciera mi trabajo, yo sería feliz”- me comentaba hace poco un compañero cuando hablábamos sobre qué pasará cuando la IA acapare la mayoría de los trabajos.

Recuerdo aquellas películas de principios de los años 2000, donde aparecía tecnología que, en aquel entonces, nos parecían magia. “Minority Report” y su policía “Pre-crimen” con sus pantallas táctiles y ordenadores capaces de predecir el futuro o la película “Yo, Robot”, donde Will Smith investiga el asesinato de un científico a manos de un robot para descubrir que se trata de una conspiración de una Inteligencia Artificial (IA). Sin embargo, hoy en día, la IA ha venido para quedarse y parece que estas herramientas “amigables y pacientes” cuentan con la aprobación mayoritaria de una parte significativa de la ciudadanía.

Pero ¿realmente seríamos felices en este escenario en el que “ell@s” se dedicaran a trabajar y nosotros a…? ¿hacer qué? ¿supervisarlos? ¿controlarlos? ¿pasar a ser meros detectores de errores de las IA?

El problema no es si la IA va a transformar el mundo laboral y social: ya lo está haciendo. El problema es que avanza a una velocidad que no nos da tiempo a preguntarnos qué queremos de ella, y cuando las sociedades no eligen su dirección, otros lo hacen por ellas

Este es el momento en el que las humanidades deben tomar el testigo y ver qué está pasando, o mejor, ver cómo podemos actuar sobre lo que puede pasar. Disciplinas como la sociología con sus análisis de las sociedades, la psicología en lo que respecta al sujeto, tanto de forma reactiva- ya hay comportamientos anómalos respecto a las IAs-, como proactiva, o la filosofía y su impulso por un pensamiento crítico y reflexivo, deben generar un conocimiento que nos ayude a afrontar esta nueva revolución. Al igual que ya pasó en la revolución industrial o con la irrupción de los ordenadores personales e Internet, donde la población y la sociedad, en general, tuvieron que cambiar; hoy nos enfrentamos a otro cambio de paradigma.

En un sistema donde el trabajo es el eje central y la economía se basa en el sistema capitalista, donde el bienestar se mide y consigue a través de una economía solvente y que fluye, ¿qué pasará si cada vez hay menos trabajo, pero hay más gente con menos recursos para hacer fluir a la economía? En una entrevista para la COPE (Nieto, J. M. 2026), Claudio Feijoo, especializado en economía digital y en el impacto de la tecnología en la sociedad, analiza la posible situación en la que una Renta Mínima Universal, que en sus inicios fue pensaba para prevenir desigualdades, se imponga porque el trabajo ya no sea el núcleo y, por lo tanto, la sociedad actual pierda su propósito fundamental.

Nos toca repensar el mundo, reconstruir la sociedad. El mundo en el que vivimos es una invención, cargada de historia, de creencias y de expectativas. Tenemos imágenes de cómo son las cosas y cómo deben ser. Todo esto se sustenta en una idea del mundo que se instauró desde los orígenes de las sociedades, donde el trabajo es la piedra angular y parte del valor de las personas se basa en su utilidad para trabajar. Aunque no sólo eso, nuestros días se estructuran en base a esa piedra angular: las jornadas laborales, las horas punta, los periodos vacacionales, etc. Todo está estructurado en base al trabajo y, aunque es difícil imaginar que la Inteligencia Artificial y sus aplicaciones en robótica puedan reemplazarnos, ¿qué pasará cuando todo este mundo se convierta, se destruya?

Sin pretender hacer una crítica al progreso de la Inteligencia Artificial y a sus potentes y variadas aplicaciones, que facilitan nuestra vida y nos ayudan a generar conocimiento de manera más eficaz, sí es necesario plantearse qué queremos de estas herramientas y qué peligros pueden surgir de su implantación cada vez mayor en nuestro día a día. Tendemos a humanizar a las máquinas. Es frecuente oír que ya no se van a necesitar psicólogos porque con la IA de turno ya puedes hacer terapia; les atribuimos emociones y capacidades humanas, porque están diseñadas para hacernos sentir bien, demostrando una falsa empatía, que no tienen porque no pueden “sentir” y lo más peligroso es pensar que las generaciones venideras no serán capaces de distinguir lo real de lo creado con IA o incluso pensarán que aquello creado con IA es la realidad. Es como volver a la caverna de Platón.

Las implicaciones para la humanidad son del mismo calado como en la Primera Revolución Industrial, donde nació la primera ley de salud pública, se produjo la reorganización de las ciudades y del ocio, emergieron nuevos conceptos como el de productividad o el de bienestar social, etc. Todo esto implicó un cambio de valores en las personas aún hoy vigente. Hoy debemos trabajar desde todos los sectores de las ciencias sociales, naturales y tecnológicas para que este cambio cause el menor daño posible y aprovechemos al máximo sus beneficios. ¿O acaso, el avance sin freno ni rumbo no es un peligro?

Cada vez le damos más permisos a la IA para que lleve a cabo tareas por nosotros, esto debe estar controlado y regulado. Si una IA puede dirigir nuestra atención y afectar nuestras emociones, también podrá influir en nuestras decisiones; de ahí que grandes empresas y gobiernos dediquen cantidades astronómicas al avance de estas herramientas. Karl Mannheim, en su obra “Ideología y utopía” (1929), ya previó el potencial que tienen determinados factores sociales en el control de masas. Algo que sigue hoy en día pasando; aquel que posea la tecnología más avanzada, obtendrá un mayor poder. Por otro lado, vemos que los grandes dueños de redes sociales y de tecnologías toman sus precauciones respecto a ellas: llevando a sus hijos “a una escuela sin pantallas”, donde prima “el papel y el boli” (Abarca, J. 2025), limitándoles el uso y acceso a estas (Bustamente, V., 2024) o arrepintiéndose por no haberlo hecho (Ríos Arbeláez, J. J., 2025)

En palabras de Yoshua Bengio (Calabor, L., 2026), uno de los “padres” de la Inteligencia Artificial en la actualidad, la IA sustituye tareas, no a las personas, al menos, de momento. Por eso, es ahora cuando debemos reflexionar para saber cuál es la dirección que queremos darle al avance de la IA y la robótica, o de otros campos revolucionarios como la llamada “biología sintética” como la denomina Claudio Feijoo en la entrevista antes mencionada. Nuestra pregunta es: ¿Por dónde empezamos?

Si consideramos que son los cambios sociales los que modulan el pensamiento, debemos empezar regulando, por ejemplo, los permisos que le concedemos a las “máquinas” para que trabajen por nosotros; seguir investigando sobre la Renta Universal y construyendo un nuevo sistema temporal, donde los lunes no fueran tan odiados. Pero, si resulta que vamos a perder el eje axial de nuestra cosmovisión, el trabajo, deberíamos establecer un nuevo eje, por ejemplo, situando a las personas en el centro. Realmente, ¿seríamos felices si nuestro único cometido fuera controlar a una IA para que no se “equivoque”, sin crear nada, sin enseñar nada?

Saber lo que nos hace felices y qué es la felicidad puede ser un buen punto de partida, como ya hicieron los antiguos griegos y múltiples pensadores posteriores; aunque esto en un contexto social indeterminado o desconocido puede resultar una tarea imposible. Por otro lado, en la condición humana está el anhelo constante: si tenemos trabajo, anhelamos tener tiempo libre; si no lo tenemos, necesitamos ocupar nuestro tiempo. En línea con el concepto de felicidad de Unamuno, quien afirmaba que la felicidad es un hambre de ser más, y eso es un dolor. Sólo es feliz el que siente dolor por ser (Unamuno, M., 1913). ¿Cómo seremos felices en este nuevo escenario?

Sin duda, es difícil determinar, cuál es el punto de partida. Sin embargo, este cambio de paradigma ya ha llegado y será necesario que el pensamiento crítico y la reflexión sean habilidades de la sociedad como conjunto y de los individuos, las cuales se fomentan desde la filosofía.

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